martes 16 de junio de 2009

Entonces el amor (crónica)


Las alcobas de los hoteles tejen secretos, intuyen secretos, anidan secretos, confiesan secretos. Las parejas que ocupan esos cuartos de hoteles no saben, desconocen casi por completo, el sortilegio al que peligrosa e inocentemente se van sometiendo al hundirse en esas cuatro paredes olorosas a jabón de segunda, custodiadas por cortinas de forros metalizados, dotadas con deshilvanadas toallas, tatuadas sus impersonales mesas de dormitorio por la sombra sepia de un cigarro olvidado. 

El ejercicio del sexo clandestino unas veces es sórdido; otras, urgente; otras, sereno; otras, glorioso. Cada uno de los encuentros deja su marca en las sábanas como un sello de agua en el papel, que apenas se divisa al trasluz de una clara mañana que lava los goces, los gemidos, las culpas, los reveses, los sueños, las lágrimas.

Cada noche una sonrisa mal disimulada o un brillo tímido en los ojos de la mujer enamorada que pasa frente al celador; un rictus cansado en los labios de alcohol o una mirada hipermaquillada y diestra en la ramera. Cada mañana la entrega somnolienta de las llaves y el adiós.

Lo fugaz signa el encuentro: debut y despedida dicen algunas después de la faena. Otras, pre o profiriendo el camino de la erudición, hablan de un buen preámbulo acompañado de un rotundo epílogo. El cuerpo del texto, alegan, se lo dejan a otra -¿tal vez a la esposa?- que se quede con la médula del mismo, no importa si es novela, ensayo o poesía, pero que otra lidie con el nudo o el conflicto, que otra lo entienda y lo discierna; lo evalúe, lo critique y lo corrija; lo imprima y lo publique. Que otra urda el desenlace, para mí es suficiente con las puntadas de prólogo y colofón.

Pero, a veces, la maravilla del hechizo se instala en forma de aliento cálido y duradero en medio de una escenografía cursi y aterciopelada. Hay parejas que vuelven una y otra vez -preferiblemente a la misma habitación asignada en ocasiones pasadas- y hacen del amor un ejercicio cierto y de claro entendimiento que prosigue en el afuera sin interrupción. Lo que empieza siendo pasajero se va alargando ante la mirada asombrada, conmovida, incluso incrédula en algunos casos, de los amantes que, una vez culminado el encuentro, salen al parque o a la plaza que queda a la vuelta de la esquina, a tomar limonada o alguna otra bebida que acompañe el apremiante sustento. Los transeúntes los ven reírse o limpiarse los labios cuidadosamente uno al otro y descubren en medio del oprimente paisaje urbano, gestos de ternura que evocan un amor que para algunos es y, para otros, fue. El registro insospechado de palabras y voces, de recuerdos, se dispara gracias a estos amantes anónimos que distraídamente proporcionan una punzada acre y dulce en unos y reconfortante en otros.

Cruzan la calle los amantes y se pierden entre un remolino de humo, corneteo y pregones que ofrecen mercancía de a tres por mil, y ahí quedan la taguara de comida, la habitación de hotel y la plaza, junto con sus respectivos fisgones, suspirando por ese amor realizado, frente al cual no se sabe qué derroteros vendrán, pero que en aquel instante son la promesa viviente de eternidad a la que todos aspiramos. Nos quedamos en la plaza con deseos de asir con fuerza nuestra taza de café o la botellita de agua y empujarlos en gozoso brindis contra la del vecino, que apuesta que ellos sí serán felices.

Hay quienes dicen que si el amor no tiene reveses, no hay romance; puede que sea cierto, pero hacemos oídos sordos ante la declaración y seguimos creyendo en esa construcción idílica y deliciosa del amor que nos han regalado, en ese viejo mito del alma gemela que espera en algún punto del universo por nosotros. Seguimos con fruición el remake del amor que todas las noches nos presentan por medio de las pantallas televisivas, y en las que los protagonistas no terminan de juntarse sino hasta el capítulo final, todo ello para confirmar, en medio de una patética exaltación colectiva, que el momento en que los amantes se encuentran, llega. Y olvidamos las espantosas pruebas, así como la paciencia, que Ulises y Penélope atravesaron y tuvieron para reencontrarse, la crueldad de que Romeo y Julieta hayan muerto sin casi haber disfrutado de su dulce encantamiento y el odioso hecho de que Tristán e Isolda nunca se realizaron como amantes. Entonces el amor, esa especie de elixir milagroso que todos ansiamos y que nos redime de los pecados más atroces, se nos revela como un cofre en el que también se pueden guardar peligrosos enigmas, subterráneos secretos internamente ligados a la desgracia, nacidos, quizás, bajo la luz mortecina de una habitación de hotel.

 

domingo 14 de junio de 2009

Pero qué va


El llanto no había sido tanto. Mejor dicho, la soledá. Porque estaba encerrá sin podé pedile ayuda a nadien. Los de al lao habían ido a llevá a los niños pa la escuela y a trabajá. El de arriba roncaba la rumba el jueves. La de enfrente tenía días perdía y mi suegra se había ido pa Maracaibo a velá al hermano que le habían matao en un bus. Tres balazos en la cara le dieron. También le cortaron las manos y los pies, y que pa que no lo reconocieran. Eso dice la policía.

Yo me esgañitaba. Pidiendo ayuda me esgañitaba, pero nadien me oía. Tanta gente que vive en el barrio y cuando uno más necesita no hay nadien. Eso soliiiiito. Parecía un desierto en la ciudá. Yo lo agarraba. Le decía que ya. ¡Que se tranquelice, Dios mío! Pero, ná. Seguía con ese alboroto. Yo traté, ¿sabe? Pero qué va.

Por ahí oí que venía alguien. ¡Ay, mi Dios, que sea Efrén! Pero qué va. Era una niñita. Mejor dicho, una retrasá. Ella vive diez escalones más arriba. Así: uno agarra pa la derecha, después de una barbería, en el rancho bonito con puerta azul, ahí está. Ahí la van a visitá todos los hombres de La Vuelta e Enrique, por ahí por donde yo vivo. Y los jueves tienen ganga y la visten toda extravagante, como dice mi suegra. Dos tirás por el precio de una, mienta el cartel. Así mismito.

¡Si la retrasá me hiciera un milagro!, pensaba yo. Mira, mija, le dije por la reja e la ventana, ayúdame. Llama a tu abuela y dile que venga, que estoy sola y éste no para e vomitá. Pero qué va, la retrasá estaba canta que te canta, ni me escuchaba. Qué podía hacé yo, dígame. Yo estaba desesperá. Lo consolaba, pero no tenía casi nada en la teta.

Es que yo casi no como porque las ratas no dejan quieta la comía. Se la comen y uno no puede probá lo que queda porque te pues envenená. Así me dijo una amiga mía que trabajaba en Fin de Siglo. María, me dijo, yo te veo jipata. Eso debe se hambre, María, pero por donde tú vives las ratas son como del tamaño de un conejo ¿verdá? No ves que queda un basurero cerquitica. No tragues, María, me dijo, si hay ratas y no tienes donde guardá la comía, no vayas a tragá. Métela en la neverita y la que no te quepa la cuelgas de las vigas del techo con pabilo. Y me regaló el pabilo. Así y que no se la comían. Y empecé a colgá la harina, la leche, el aceite, todo. Mi casa parecía un arbolito e navidad. Así tragué mejor, hasta que una noche oí un golpe en la sala y cuando me asomé, vi la repisa e los remedios caída y, en medio de la oscuridá, un montón de estrellas rojas flotando dentro e la sala. Yo creía que era mi San Benito, una aparición divina o algo así, porque San Benito tiene una capa roja y las chispitas eran así, color onoto; pero qué va, cuando prendí la luz, las muérganas estaban guindás de las cuerdas, y ya parecía que me iban a saltá. Yo le empecé a pedí a mi santo negro, porque al otro negro mío lo que le gusta es tomá, y esa noche yo estaba sola. Entonces cogí la escoba y empecé a espantá las bichas. Desde ese día dejé de comé lo que estaba afuera. Sólo lo que cabía en la nevera era lo que me tragaba, pero qué va, igual me daban ganas de vomitá y diarrea y retorcijone. Y los niños se la pasaban enfermos. ¿No serán ideas mías? Porque Efrén ya había puesto Campeón y las ratas estaban perdías desde hacía rato.

Bueno, entonces el Ruby no paraba de quejase y de vomitá. Desde la noche estaba así. Yo creía que era malcriadez y lo regañaba y también le daba, pero él seguía. Ecito. ¡Ay, Dios santo es que yo no hallaba qué hacé! Ahí fue que se me ocurrió decile a Efrén que lo lleváramos al hospital. Pero, qué va, Efrén llegó, se tiró en la cama a pasá la pea y yo sin sabé qué hacé porque el niño lloraba y lloraba. Hasta le tenía que tapá la boca pa que no despertara a Efrén.

Como a las nueve e la mañana, Efrén se levantó, buscó unas cosas, se cambió e ropa y se fue. Y cuando se fue cerró la puerta, como siempre. Yo no tengo llave. Él me deja encerrá todo el día. Y eso que yo le dije que no, que el niño estaba mal, que fuéramos al hospital. Y él nada, como si no oyera. Yo no sabía qué hacé con ese muchacho. Williams, el mayor, me decía, mamá deje de pegale, pero yo estaba como atormentá, como enloquecia. Yo no sabía si era que a Ruby le dolía algo o era hambre. Por eso le hice un poco e leche, pero un poquito na más, la que me quedaba. Y se la tomó desesperao, pero ahí mismito la botó y empezó a llorá otra vez. Ya lloraba suavecito, como sin ganas. Yo gritaba. Llamaba a la gente. ¡Auxilio! ¡Se me muere el muchacho! Pero qué va, nadien andaba por ahí. Yo no sabía si se moría o se estaba durmiendo porque él cerraba los ojos y respiraba lento, como que le costaba. Hasta que por fin llegó Efrén. Eso fue como a las dos. Y yo, papi, vamos a llevalo para el hospital. Y él y que no, mujé pendeja, ese muchacho lo que está es malcriao. ¡Ay, pero mira, papi, que está jipato! En la mañana lo que hacía era berreá y ahora ni eso. ¡Vamos, papi! Bueno, sí, está amarillo, tú como que tienes razón. Vamos, pero después que me acomode. Hoy tengo algo importante con el jefe. Te dejo en el hospital y me voy.

Por eso es que yo quiero a mi negro, porque al final final me complace. Y fuimos. Bueno, ahí lo dejaron. Los médicos dijeron que estaba envenenao, que en una casa con niños no se pué poné ni Campeón ni ningún otro producto pa las ratas. Que le iban a hacé lavaos y lo iban a hidratá y a metele un polvito en el tetero y ya. Leche e soya, le mandaron. Cuando pasamos por la farmacia pa comprale todo, me dijeron que de esa leche no había, y que era réquete cara.

¡Ahí me dio algo! Como una tristeza grande de no podé hacele el tratamiento completo a mi niño. Una lloradera atrancá aquí por no podé tené a mi Ruby conmigo, y por habelo envenenao y habele pegao. ¡Yo no entiendo, Dios! Cómo puede hacé uno si uno no tiene ayuda. Tres días después me lo entregaron. Ecito. Yo lo cargaba y lo consolaba, pero qué va, ni agarraba la teta, ¿sabe?

Memoria trasvasada



A veces es posible recordar lo que queremos, a veces no; la razón de ello es que es posible viajar desde un punto de partida idéntico en más de una dirección

                                                      Aristóteles

 

Bucles dorados flotando por sobre la corriente se sumergía muchas veces para no pensar y así jugar a la inexistencia no había ruidos ni imágenes en lo profundo sólo agua fluyendo alrededor de su cuerpo moreno agua dulce deseando entrar por los pliegues de sus labios esa sensación de no estar aquí y al mismo tiempo estar presente más que nunca en todo el universo así sin pensar ni participar activamente del quehacer sólo dejándose llevar por la suave corriente del río Orituco por los peces que danzan en torno a él y se deslizan corriente abajo sentir las piedritas que se clavan en las plantas de sus pies fluyendo todo el universo y él perteneciendo y dejando de pertenecer mirando desde afuera y estando allí dentro sin más no hay obstáculos apenas líquido incoloro corriendo aguas abajo escapándose entre los dedos que no desean atraparlo sólo sentir su calidad móvil inquieta seres de agua seres de agua

De repente una turbulencia, fluidos que se estremecen, sacudidas y gritos que suenan como borbotones de agua. Hay que salir para hacer contacto, averiguar qué ocurre -con la tristeza de abandonar el agua tan suave y dulce y tierna en su piel- pero afuera algo anda mal, qué sucede. Y asomar un ojo y otro y divisar a Papá Catire en la otra orilla, enfurecido, llamándolo, resoplando con todo su aliento, deshaciéndose en gritos porque Plutarco. ¡¿Qué hace allí metido también Plutarco?! ¡Que salga, que salga inmediatamente! ¡Vamos, carajo! ¡Qué vaina es! ¿Quién les ha dado permiso? ¡Se me devuelven únicamente con las alpargatas! ¡Caminando desnudos por todo el pueblo! Que los vean pa’ que no lo vuelvan a hacer.

Papá Catire, correa en mano, un capataz cualquiera arreando su ganado. Fusta en mano. Y pensar que los amaba y que era la forma de amar a comienzos de un siglo apegado aún a los rituales de la esclavitud, a la dominación por vía de la fuerza. Niños como propiedades, reses a ser marcadas con señas que van más allá de lo corporal. Hierro hirviente en corazón y cerebro. Y el regreso a casa por unas aceras de sol. Nada que los disimulara, pura luz chorreando por sus genitales y la vergüenza impresa en cada uno de sus rostros.

El amor entendido como disciplina, como enderezar lo torcido y lo torcido es la niñez. Papá, quizás, quedó con ganas de sentir nuevamente en su piel la frescura del río, su consistencia diluida. Sin embargo, cómo ingresar en sus riberas con la misma libertad, cómo refugiarse en su muralla líquida sin recordar el miedo, el bochorno.

Había noches en que él despertaba gritando desesperado y con movimientos espasmódicos, como de caída. ¿Qué soñabas, papá? ¿Desde dónde caías? ¿A quién temías? Fueron preguntas que nunca te hice porque no son la clase de interrogantes que una hija hace a un padre. Pero, en el fondo de mí, necesité hacerlas. Saber de tu infancia, de tus miedos y tristezas, de tus alegrías. Necesité escuchar tu voz de trombón cansado evocando anécdotas lejanas, pero mías. Porque lo que vivías me marcaba de modo invisible, creaba una huella muda que me hacía ser yo y no otra. Lo que viviste me afectó de modo perpendicular podría decirse, casi intangible, pero invadió mi sangre. Los resuellos de Papá Catire, su desenfreno iracundo, me inundan. Tu desnudez sonrojada me conmueve. La luz agolpada en las piedras del río Orituco arrasa mis ojos. Ese ambiente impregnado de olor a trementina supurada por los mangos que te protegieron en el trayecto del río a la casa, lo olfateo y lo incorporo a mí.

Entonces te atrapo en el sonido de los gallos anunciando la entrada de una mañana de campanas, caraotas, arepas y queso rallado. El calor reconcentrado en lo alto del techo de la cocina de leña con topia, te rodea en medio de aquellos muros de bahareque y cañabrava. La ceniza apelmazada. El patio con un jardín lleno de coquetas y cayenas y las habitaciones alrededor, con un zaguán que me invita a ayudarte a que entres, a que te incorpores a esa nueva etapa familiar. Vamos, avanza. Sé que tienes miedo, que es el momento triste en que tu papá los ha dejado, en que todo ha terminado en la vida familiar de estampa idílica de padre, madre e hijos juntos. No todo es dulce y estable. Hay amargura también, pero de ella se aprende, no a ser hombre exactamente, sino más bien a tener luz y paciencia en momentos de dureza. Eres pequeño, moreno y con crespos de oro. Miras todo con ojos de miel y espanto. Te preguntas qué te espera. No respondo. Tú sabrás encontrarlo. Vamos, entra y camina por esa casa que te depara un destino un poco sombrío al principio (se morirá tu hermana Argelita, ya lo sé). Luego vendrán las empanadas con guiso cocinadas por tu mamá y vendidas por ti y por tu hermano Luis, desde muy temprano en las mañanas de mercado. Cargarás la bandeja de peltre y vocearás con fuerza: “¡Empanadas calientes, empanadas calientes pa’ las viejas que no tienen dientes!” Y volverás con tu bandeja y la de Luis vacías porque las vendías todas tú. No te avergonzará conseguir sustento para una familia empobrecida en el medio del llano guariqueño. Venderlas no significará, quizás, dejar por fin el único par de alpargatas gastadas que usas, pero, eso sí, será la garantía de tener comida en la mesa todos los días. Así que dale a tu pregón y no te acobardes, que la familia en parte depende de tu voz grave y recia, de tu encanto para ablandar a la gente al son de tu bramido.

Una vez asentado el Hotel Bolívar, o como le decían, la pensión de Doña Yolanda, en que pensionistas de distinto tipo entrarán y saldrán jubilosos, cansados o diligentes a encargarse de sus tareas de comercio, comienza para ti la esperanza. ¡Sí se puede, no jompa! No nos pongamos necios. Aquí la cosa es trajinando y estudiando y, ¿por qué no? una escapadita al río de vez en cuando. Vamos bregando, compañero, a medida que creces, con el padre de la iglesia que te tiene ojeriza mientras haces de monaguillo, y con Papá Catire, que por ese entonces era dueño del cine Ayacucho que se ubica frente a la plaza Bolívar, y donde haces de portero-gallinero, como te decían tus amigos, pero, tú, frente al jefe corriges, carajo, y hablas de portero de galería. Él te descubre durmiendo en el medio de la película y pácata que ahí vienen el coscorrón y el regaño. Y a desperezarse y a recoger los tiques regados por el piso para meterlos en la caja donde los guardas, y a seguir oyendo los violines trágicos que acompañan el chorro de lágrimas de Libertad Lamarque, hasta que llegue el anhelado cartelito de FIN y puedas irte a tu casa a dormir para continuar la trasiega.

(Ya lo ves, ya no es solo tuya tu memoria. Me adueño de ella. Construyo una ventana desde donde urdo y enredo. Diseño formas con hebras desencajadas, versiones con fino hilo de sombra y de luz. Tejo una espiral que me da soporte y me enceguece. Y todo proviene de una calma, de una certeza de querer conocerte hasta sus últimas consecuencias, con esta voz de escritura temblorosa, con este miedo borroso e inexacto, lleno de alucinación, de destello, de recuerdo, de memoria hacia ti, por ti y desde ti).

También los libros, papá, no te olvides de los libros. Tienes que amarrarlos bien para que no se caigan cuando corras hacia la escuela. Con la correíta de cuero de vaca que te regaló Madrinita en tu cumpleaños, los amarras. En el salón de sexto grado te sientas al lado de Nelly Rodríguez. Agarras el puesto al lado de ella y te enamoras mientras te preguntan la tabla del nueve y te equivocas. Ahora ve a la esquina a entendértelas con los granos de maíz que te hieren las rodillas y piensa en el agua. El agua deslizándose escapándose acariciándote en el río. Consuélate con el recuerdo del agua blanda que te arrulla, y enjuga la lágrima de rabia que cae desde tus pestañas. Síguete enamorando, papá, hasta que le entregues aquella flor y te la rompa en la cara y salgas corriendo a enjugar otra lágrima que se confunde con el recuerdo del río, esa manta que te cobija siempre durante tus penas. Ahora déjate llevar por la corriente del desamor que, aunque no lo creas, se cura, sí se cura. Con las vueltas del molinete que quedó olvidado debajo de tu cama, va sanando esa herida. Lo encontraste medio roto, decolorado y lleno de polvo, una tarde en que el calor te obligaba a hundirte en la hamaca de tu cuarto, y en uno de los vaivenes lo divisaste perdido bajo la cama. Sopla el molinete, papi, que así vendrán los recuerdos míos y tuyos, los de un niño que ríe mientras ve las películas de Cantinflas y Tintán en la oscuridad del cine de Altagracia. Los del niño que, orgulloso e irritado, hacía de monaguillo durante la misa del domingo o vendía empanadas rellenas de picadillo de alcaparras, carne de ganado, ají dulce, pimentón, cebolla y sal. También te vendrán recuerdos anticipados, papá, de una niña morena y regordeta que te hará sonreír con dulzura mientras intenta llevarse comida a la boca.

Aunque, por ahora, apasiónate, papá. Apasiónate todo lo que puedas con las discusiones de la Juventud Comunista. Ingresa en sus filas y reparte volantes, pinta paredes, grita consignas, movilízate, fórmate. Lee a Marx y a Engels. Cree. Búrlate de la policía. Húyeles. Ingéniatelas cuando te agarren. No sueltes ni un nombre, papá. No hables. Resérvate. Calla. Arréglatelas como puedas con el llanto que se mezcla con la sangre. Acude a tu recuerdo. Ahora planifica la huelga de hambre con los camaradas y participa en ella. Restéate. Siente el estómago doblarse, retorcerse, anudarse. Aguanta. Defiéndete de tus flaquezas. Presiónate hasta el último recodo de tu cuerpo y de tu mente, que todo dará resultado. No claudiques.

Ahora regresas a tu casa de Altagracia hecho un silbido. Te recuperas poco a poco gracias a los cuidados de tu mamá. Tu mamá cansada de tanta dificultad, pero firme: demasiado hijo enfermo, regalado, enterrado, resentido y lo heroína que es, lo invencible que resulta. Tendrás que enfrentarte al rencor de Papá Catire, someterte a su escarnio y a su ira. Él es el hombre de la casa. Hay que obedecerlo y tú no lo sigues. Hay que respetarlo y tú lo deshonras. No es tu padre, sin embargo, debes ser sumiso ante su palabra de tío que te acosa. Te le rebelas y no le das el gusto de sacar lágrima entre tanta refriega. Don Humberto, que engendró hijos con mujer marginada e indigna y que tenía su propia casa, pero dormía en la tuya. Vigilante ante cualquier movimiento. Alerta ante el más mínimo ruido que pudiese delatar alguna anomalía, alguna amenaza a la integridad de la hermana abandonada por el marido o algún peligro para esa familia asediada por el rígido equilibrio de un pueblo hecho de portones y aldabas, y que imponía normas a fuerza de chisme, burla y prejuicio. Saca sus frustraciones contigo Don Humberto, se las descobra en tu espalda de pellejo oscuro hasta que te haces grande y ya no puede sino resolverlas de hombre a hombre, pero la renquera y la vejez se lo impiden, la mirada de centella en tus ojos aguarapados lo inmovilizan. Las cosas cambian, papi, las cosas cambian y tu cuerpo se recupera y deja atrás su mustia flacura de encierro y tortura para volverse ágil e indómito.

Una vez restablecido del suplicio de la cárcel persiste en tus ideales y vete a Caracas. Estudia leyes y cásate con Rosita, la compañera de la Juventud Comunista con tantas historias tristes y secretas. Estudia, lucha y arréchate. La vida te la juega, negro, te la pone dura, camarada, pero tú la envistes y la pones en su sitio. Al menos eso crees. Realiza todas las diligencias necesarias. Saca los pasaportes. Acepta el dinero del partido. Viaja a Suiza. Entrevístate con los médicos en tu inglés inexistente. Bésala. Ponla en manos de ellos y espera. Deshaz el soplo en tu mente. Sopla el molinete. Que funcione el corazón, que fluya la sangre por sus venas y arterias, que se riegue todo su cuerpo como el Orituco lo haría en esa tierra caliente y llana, dispersándose en delgadas cintas. Que el agua la riegue y la cubra a ella como una vez te cubrió a ti hasta embriagarte y disolverte en fervor y miedo.

(Y en ese afán, en esa espera, une partes de ti. Procura integrarte y no te conviertas en imagen caleidoscópica, en piezas sueltas. Consérvate completo, sin sufrir fracturas. Deja las anémonas. Permíteme este retrato escrito que intento seas. No te multipliques. Concentra tu imagen plena. Entrégate. Ayúdame en este retrato que quisiera fueras tú hoy más que nunca. No importan el ángulo ni por dónde inicio. Sólo te construyo. Cómo te construyo. Por dónde inicio esa memoria, este dibujo hecho a base de palabras que son como pinceladas rotas, huellas, manchas vacilantes en una acuarela inconexa, trazos sin rumbo, silueta que se enturbia y es que mi memoria falla. Persisto muchas veces y la memoria desespera. Insiste y no te ase porque el agua irrumpe, te dispersa, te rebasa, te hunde. Y, sin presiones, sigo. Ensayo el mejor tono, la mejor técnica. Preciso esa sustancia que tú eres y no revienes en esta búsqueda fatigosa de anhelarte y verte, de reencontrarte en el agua dispersa y sin esclusas del río Orituco).

Entonces escribes: ROSITA MURIÓ HOY. Manda el telegrama, así te parezca una historia contada por otra persona, una obra de teatro en la que tú no encajas, manda el telegrama. Sí, es verdad, es tu papel en esta obra y te encuentras aturdido. No entiendes, pero este es tu rol. Actúa. No tienes más remedio que aceptar el personaje que te asignaron desde quién sabe cuál estúpido y recóndito recoveco del universo. Tienes que actuar. Firmar papeles, ahogar el llanto, recoger maletas. Todo en medio de balbuceos incomprensibles y de miradas heladas. Un frío que te cuartea. Un cielo bañado de grises. Un desamparo sólido y atestado. Toma sus vestidos con delicadeza y sécate el rostro con ellos. De nada vale tenerlos. Lánzalos por la ventana y observa cómo caen suaves, apacibles, mansos. Reprime las glándulas. Debes actuar y te derrumbas. Cierra esclusas, traslada el cajón, contén el cuerpo. Vuelve a Caracas con el ataúd. Desmorónate.

Días después, sal de la ciudad. Piérdete. Intérnate en Barinas. Da clases. Toma, olvida y pertúrbate. Sueña el recuerdo. Anticípate: una niña con pies como chapaletas y ojos achinados. Entonces cásate en el medio de una apuesta festiva e insensata con tu alumna del liceo que tanto te admira y, ya en casa, grúñele cual perro rabioso, asústala, recrimina despiadadamente a esa desconocida que te mira asombrada, sorprendida de tanto disparate y culpa ajena, hasta que te eches a llorar como un niño sobre su regazo. (Ella no sabrá qué hacer al principio, luego, sí. Simplemente espérala que apenas te conoce). Háblale de Rosita y su boca acorazonada y sus cejas bien delineadas y su cintura de aguja. Siembra en ella los celos por la difunta. Construye un fantasma. Resucítala. Vive esa vida de mierda, esa vida de película mexicana, de charro gritón y frágil y abandonado que sin saber has creado. Lo que no sabes, lo que ni siquiera imaginas es que Violeta, tu alumna de secundaria y ahora tu esposa, transmuta, transforma, cambia, hechiza. Sabe de alquimia. De modo que sueña otra vida, compañero. Sal del fondo fangoso en que has caído y sobrevive.

Y justo cuando salías de esa crisálida de muerte que te cercaba, justo cuando recibes la noticia de mi futura llegada y el sol parecía desparramarse sobre ti porque empezabas a querer a esa mujer que te domeña sabiamente, animal furibundo, rebelde, intransigente, comienzan a rastrearte los cuerpos de seguridad del Estado.

Bien sabes que te quiero, que cada uno de mis actos no son más que una ratificación de ello. Que estás definitivamente unida a mí. Que te pienso. Que te extraño. Que me hiere tu ausencia. Que te necesito porque has sido el factor que logró mi recuperación espiritual, porque tú abriste el horizonte, porque me rescataste de la oscura noche en que me hallaba sumergido y me brindaste la diafanidad del día que ninguna adversidad podrá ya opacar. Gracias, mi negra, por haberme brindado todo lo que consideraba perdido.

Hay un expediente en contra de ti en Barinas. Te buscan por guerrillero, papá, por desestabilizador. Eres incorregible y Leoni lo sabe, por eso te andan buscando. Muchacho que no aprende, muchacho muerto. Huye por tierra hasta Colombia -Bien sabes que te quiero- y luego, disimuladito, papá, cronometrado, chaflaneado, como dirías tú, vas enfilando hacia tierra brumosa. Chile primero. Instálate y atibórrate de mate, che. Estudia Administración Social para que te otorguen visa de residente y puedas ganarle la partida a esos tres meses piches de turista. Desiste de que mi madre embarazada de siete meses pueda trasladarse a tu lado: el riesgo es grande, el médico lo explicará –comprendo lo que significa para una mujer encinta estar lejos del esposo, y mucho más en el momento del alumbramiento-. Ingéniatelas para producir dinero: hacerte del oficio de barbero será una de tus posibles opciones. -Aquí hay cursos de tres meses, tiempo durante el cual quedaré capacitado para rasparle el coco a cualquiera. Yo sé que van a gozar un puyero ustedes cuando me imaginen con mi tremenda bata, mi tijera y mi peine en cada mano y la cabeza de un pobre chileno dependiendo de mí-. Lúcete con las tijeras, así sea tan sólo un plan, así todo quede en la ilusión de enchufarte en una de barbero y armarte un otro distinto a ti, imaginarte un ser que no eras y quién sabe cuánto de ti podría tener. Ilusiónate con ello. Requieres construir un porvenir con alguna base, así sea la de los sueños, no importa, estás solo y necesitas creer.

Pero qué va, camarada, el plan se cae. Entierra tu proyecto artístico que, la verdad, no iba contigo. Prueba otro ramo y entrevístate con el dueño de una librería, a ver qué sucede. Dicen que pareces serio y responsable, que podrías ser el administrador de la tienda. El trabajo te gustaría, te entusiasmaría, te daría alegría. Barrería de tus días esa angustia que te agita –maldigo mil veces la soledad que se agudiza más aún en estos crueles días de tan tristes recuerdos, pues fue en esa oportunidad cuando con más saña esa maldita soledad se me metió en el alma-. De pronto, hay que dejar los estudios y virar hacia el este. Rompe a escribir, que la costa te inspira. El Uruguay y su gente, el frío y la soledad, la lejanía y la calima te hacen madurar ideas, crear estrategias, hallar soluciones. Todo para contrarrestar la nostalgia que te produce no estar allí luchando por la revolución perdida y por el día de mi llegada. Cartéate -démonos por su conducto siquiera la satisfacción de las palabras dulces y tiernas que nuestro amor provoca. Celebra el nacimiento de tu hija aquel tres de mayo del 66. Ve al puerto y acuclíllate en la costa como si fueras tu mujer que se abre y se parte para engendrarme. Siente la muerte rozándola y recógele el sudor de la frente que cae en tus manos desde ese acantilado de rocas con piel de hembra. Resiste el ardor en los pliegues, los tobillos palpitándole. Construye el agua desbordándose, la entraña deshaciéndose, la pelvis reventándose. Recíbeme. En la forma en que intuiste saldría de mi madre, recíbeme. Minucia enmohecida de mi vida, chocolatico caliente, casabito requemado. Aguántame del talón para que no resbale. Sostenme, háblame, hazme gemir hasta el llanto que estoy viva y quiero encontrarte en esa voz rotunda y gruesa. Háblanos de la emoción que te cruza. Descríbela brevemente en aquel papel impersonal. Envíanoslo con urgencia, que mamá lo precisa. Sé solemne:


MONTEVIDEO 5 MAYO 1966

LT VIOLETA PEREZ

CALLE 20 EDIF DON RUPERTO APTO 12

MERIDA

 

MADRE E HIJA ESTRECHOLAS EN UN SOLO ABRAZO 

PLUTARCO

 

De pronto surgía el miedo. La invadía la intuición de un mundo completamente distinto a esa ronda mullida. Se aterrorizaba ante la posibilidad de que el universo no fuese más que un corredor, una estación de tránsito, un pasadizo hacia otra esfera más amplia, inmensa, que se perdía de vista. Los sonidos le llegaban filtrados por una montaña submarina, con efecto de rebote retardado que abría el espectro de lo insólito. La sola recepción de esos sonidos la atormentaba. La hacían subsumirse, introyectarse, encerrarse en sí. Lo sombrío se alejaba y sentía una angustia de corrientazos. Entonces comenzaba el repliegue hacia su espacio, donde tenía sus lunas y sus estrellas. Esas que componían su mapa interior, su espacio circunscrito por flores, cruces, osas, cornamentas. El cielo formado por células que titilan. Plancton que levita en la cúpula rosácea del vientre. Fuera de allí está el miedo. La sacudida. La amenaza de expulsión. Vuelve el miedo, la angustia. El deseo de que todo termine y retorne el sosiego. Una calma hecha de espuma. Un instante. Una ráfaga de líquido que entra a sus pulmones. Las tenazas abriéndose, enterrándose, hiriéndola. El deseo de quedarse allí en el pasado húmedo. El agua deslizándose escapándose acariciándola en el río. En ese vaivén que la resguarda. La presión. El dolor –con la tristeza de abandonar el agua tan suave y dulce y tierna en su piel-. Sentirse manipulada, separada, rota. Desfallecer ante la succión ciega, la turbulencia, la no voluntad. Decir adiós a esa sensación de no estar aquí y al mismo tiempo estar presente más que nunca en todo el universo. Y el llanto y el frío la invaden, la sacuden, la sujetan. Y una voz rotunda, gruesa, ultramontana, como de orilla incierta que la recibe en ecos de otra latitud. Bucles dorados flotando por sobre la corriente.                

Agua que corriendo vas



Antes, Eurídice no era mujer de afanes amorosos, de dulzor dulce con los hombres ni azoramientos afectivos. Era más bien pura sequía reconcentrada en frente y sienes y un torpor en medio del pecho.

Muchas veces latigueaba a los hombres y sus inmundicias bajo el atolondramiento del sol del mediodía. No creía en ellos porque había visto a su madre y a su abuela sufrir penurias con sus maridos. Mejor era quedarse sola en aquel campo y no someterse al mismo acoso, comentaba para sí misma bajo una trinitaria sin flores.

Vivía endurecida, como albergando al sol en sus entrañas, dejando que la quemara con ardor de rabia, y ni una poquita de agua que calmara su ceguera. Y es que el verano arreciaba en aquellas tierras, no caía lluvia desde hacía meses y la poza más cercana se iba secando a medida que pasaban días calientes y sin brisa. El maizal, que su madre le había dejado al morir meses atrás, parecía haber muerto con ella.

Eurídice, en el fondo, lo que tenía era miedo, miedo y tiesura, y una violencia asentada en lo más profundo del corazón. No sabía expresarlo. No sabía decir ante su comadre María, que le hacía compañía algunas tardes cuando regresaba de lavar ropa, que de pequeña vio volar los mechones canosos y largos de su abuela arrancados en una pelea por el último hombre que le hizo compañía, y que la abandonó al huir quién sabe a dónde. Ni podía contarle que una vez escuchó un sonido grueso detrás de la cortina del cuarto de su mamá, seguido de un chillido sin aire, como de rata enferma, y al apartar la tela la halló tirada en el piso, con unos dedos apretando el cuello y la mirada vacía y borracha de su padrino sobre ella. Eran historias que habían ocurrido hacía ya tiempo. Aquello había pasado y, sin embargo, el recuerdo le llegaba a veces como una imagen rota que al principio no reconocía del todo, pero se ordenaba gradualmente, y al tiempo que el recuerdo se hacía nítido, sentía deseos de abrir su vientre y sacar sus vísceras al sol, colocarlas una a una sobre las piedras que rodeaban la poza del río y airearlas hasta secarlas y así regresarlas limpias y purificadas a su sitio.

Una tarde, entre el silencio áspero que surge de pronto en las conversaciones, María observó con más curiosidad de la acostumbraba la mirada de Eurídice. La vio, al principio, con la misma expresión dura y reconcentrada de siempre, pero un segundo más tarde notó un aleteo de temor y angustia que se expandía desde su mirada hacia su rostro y llegaba a su cuerpo entero, hasta llenarla de un aura que le impedía movimiento. María comprendió que la soledad de Eurídice y su tono lacerante provenían de una sustancia oscura que la acompañaba día y noche sin dejarla cambiar suerte. Fue cuando la invitó sorpresivamente a ir a lavar con ella a la poza del río.

-Así te distraerás y hablarás con otra gente.

-Guá, María. ¿Y eso pa qué? ¿Te cansaste de lavarme mis tres muditas?

-No, comadre, cómo va a creer. Es que a veces me aburro en el camino, además, su ahijado está creciendo y me pesa, así me hecha una ayudita.

-¡Si esa poza debe está más seca y sucia! Debe sé un lodazal.

-Todavía le queda alguito de agua, pero verdá, está embarrealá. Mejor cuando se vaya el verano. La lluvia llena la poza y así uno canta contento cuando lava.

Eurídice aceptó la invitación porque creyó que María se olvidaría y quizás las lluvias tardarían en llegar ese año. Pero no fue así. Al día siguiente empezaron a caer unas gotas gruesas y consistentes que alegraron la aridez de la tierra y la languidez de los maizales. Había en el ambiente un resplandor húmedo que parecía reírse con las pesadas lágrimas que bajaban del cielo. Eurídice sintió una felicidad callada y se impregnó del olor a humedad recién caída. Iba saciando una sed de adentro con la música del agua y ya se olvidaba de la rabia y el dolor entumecidos.

A los pocos días, se acercó María para invitarla a la poza, y Eurídice, que de pronto notaba un reblandecimiento en el ambiente y ansiaba uno en su propio paisaje, quiso acompañarla. Fue con María por el camino que reverdecía. Iban escuchando los cantos de las lavanderas tempraneras que entonaban versos suaves:

 

Para lavar necesito

un río con agua clara

y para lavar mis penas

me basta con tu mirada.

 

Agua que corriendo vas

bañando el campo florido

dame razón de mi ser

mira que se me ha perdido.

 

Jamás pensó Eurídice que hubiese algo que hiciera apacible su alma en esa población de casas de cal y suelo de arena. Esa mañana, no quería tentar al diablo ni con un pensamiento tímido de alegría, no fuera a ser que terminara retirándose de su vista el verdor que renacía en el campo y daba calma a su amargura. Se le iba deshaciendo instintivamente tanta rigidez y mala cara, e iba poblando sus gestos de una suavidad desconocida nacida al son de los cantos y del contacto con el río.

Fue así como empezó un llanto duro que brotaba a saltos. Lloró en el río cuando introdujo sus manos en él, también mientras escuchó la melodía de las otras mujeres y cuando apareció la lluvia esa mañana. Lloró cuando regresó a su casa con María y cuando estuvo sola en casa y al día siguiente al despertar. Se formó así una penumbra mohosa alrededor de ella que mezcló el agua de sal con las gotas del cielo y las salpicaduras del río, y todas esas gotas y lágrimas y salpicaduras se quedaban prendidas de ella, pues Eurídice se les fue haciendo cálida y sincera y allí se encontraban bien todas ellas reunidas, haciendo un masaje líquido en su cuerpo. Entonces su casa comenzó a inundarse de tanta lágrima triste y limpia. Su corazón se fue limpiando y sus vísceras se purificaron sin necesidad de asolearlas, pues el agua que la inundó lavó todo por donde pasaba.

Fue así como conoció Eurídice a Pablo y, tal vez, si no se hubiese empapado de agua el corazón de ella durante varios días, él no habría encontrado el verdor donde ahora lo acogen, el musguito frondoso que recubre los pezones de Eurídice, el cálido vapor que desde su boca lo envuelve en una urdimbre vegetal.

Ya Eurídice no fue de piedra. Su cuerpo fue ablandándose y creciendo como una esponja en que dolor y rabia se diluyeron en agua.