domingo 14 de junio de 2009

Memoria trasvasada



A veces es posible recordar lo que queremos, a veces no; la razón de ello es que es posible viajar desde un punto de partida idéntico en más de una dirección

                                                      Aristóteles

 

Bucles dorados flotando por sobre la corriente se sumergía muchas veces para no pensar y así jugar a la inexistencia no había ruidos ni imágenes en lo profundo sólo agua fluyendo alrededor de su cuerpo moreno agua dulce deseando entrar por los pliegues de sus labios esa sensación de no estar aquí y al mismo tiempo estar presente más que nunca en todo el universo así sin pensar ni participar activamente del quehacer sólo dejándose llevar por la suave corriente del río Orituco por los peces que danzan en torno a él y se deslizan corriente abajo sentir las piedritas que se clavan en las plantas de sus pies fluyendo todo el universo y él perteneciendo y dejando de pertenecer mirando desde afuera y estando allí dentro sin más no hay obstáculos apenas líquido incoloro corriendo aguas abajo escapándose entre los dedos que no desean atraparlo sólo sentir su calidad móvil inquieta seres de agua seres de agua

De repente una turbulencia, fluidos que se estremecen, sacudidas y gritos que suenan como borbotones de agua. Hay que salir para hacer contacto, averiguar qué ocurre -con la tristeza de abandonar el agua tan suave y dulce y tierna en su piel- pero afuera algo anda mal, qué sucede. Y asomar un ojo y otro y divisar a Papá Catire en la otra orilla, enfurecido, llamándolo, resoplando con todo su aliento, deshaciéndose en gritos porque Plutarco. ¡¿Qué hace allí metido también Plutarco?! ¡Que salga, que salga inmediatamente! ¡Vamos, carajo! ¡Qué vaina es! ¿Quién les ha dado permiso? ¡Se me devuelven únicamente con las alpargatas! ¡Caminando desnudos por todo el pueblo! Que los vean pa’ que no lo vuelvan a hacer.

Papá Catire, correa en mano, un capataz cualquiera arreando su ganado. Fusta en mano. Y pensar que los amaba y que era la forma de amar a comienzos de un siglo apegado aún a los rituales de la esclavitud, a la dominación por vía de la fuerza. Niños como propiedades, reses a ser marcadas con señas que van más allá de lo corporal. Hierro hirviente en corazón y cerebro. Y el regreso a casa por unas aceras de sol. Nada que los disimulara, pura luz chorreando por sus genitales y la vergüenza impresa en cada uno de sus rostros.

El amor entendido como disciplina, como enderezar lo torcido y lo torcido es la niñez. Papá, quizás, quedó con ganas de sentir nuevamente en su piel la frescura del río, su consistencia diluida. Sin embargo, cómo ingresar en sus riberas con la misma libertad, cómo refugiarse en su muralla líquida sin recordar el miedo, el bochorno.

Había noches en que él despertaba gritando desesperado y con movimientos espasmódicos, como de caída. ¿Qué soñabas, papá? ¿Desde dónde caías? ¿A quién temías? Fueron preguntas que nunca te hice porque no son la clase de interrogantes que una hija hace a un padre. Pero, en el fondo de mí, necesité hacerlas. Saber de tu infancia, de tus miedos y tristezas, de tus alegrías. Necesité escuchar tu voz de trombón cansado evocando anécdotas lejanas, pero mías. Porque lo que vivías me marcaba de modo invisible, creaba una huella muda que me hacía ser yo y no otra. Lo que viviste me afectó de modo perpendicular podría decirse, casi intangible, pero invadió mi sangre. Los resuellos de Papá Catire, su desenfreno iracundo, me inundan. Tu desnudez sonrojada me conmueve. La luz agolpada en las piedras del río Orituco arrasa mis ojos. Ese ambiente impregnado de olor a trementina supurada por los mangos que te protegieron en el trayecto del río a la casa, lo olfateo y lo incorporo a mí.

Entonces te atrapo en el sonido de los gallos anunciando la entrada de una mañana de campanas, caraotas, arepas y queso rallado. El calor reconcentrado en lo alto del techo de la cocina de leña con topia, te rodea en medio de aquellos muros de bahareque y cañabrava. La ceniza apelmazada. El patio con un jardín lleno de coquetas y cayenas y las habitaciones alrededor, con un zaguán que me invita a ayudarte a que entres, a que te incorpores a esa nueva etapa familiar. Vamos, avanza. Sé que tienes miedo, que es el momento triste en que tu papá los ha dejado, en que todo ha terminado en la vida familiar de estampa idílica de padre, madre e hijos juntos. No todo es dulce y estable. Hay amargura también, pero de ella se aprende, no a ser hombre exactamente, sino más bien a tener luz y paciencia en momentos de dureza. Eres pequeño, moreno y con crespos de oro. Miras todo con ojos de miel y espanto. Te preguntas qué te espera. No respondo. Tú sabrás encontrarlo. Vamos, entra y camina por esa casa que te depara un destino un poco sombrío al principio (se morirá tu hermana Argelita, ya lo sé). Luego vendrán las empanadas con guiso cocinadas por tu mamá y vendidas por ti y por tu hermano Luis, desde muy temprano en las mañanas de mercado. Cargarás la bandeja de peltre y vocearás con fuerza: “¡Empanadas calientes, empanadas calientes pa’ las viejas que no tienen dientes!” Y volverás con tu bandeja y la de Luis vacías porque las vendías todas tú. No te avergonzará conseguir sustento para una familia empobrecida en el medio del llano guariqueño. Venderlas no significará, quizás, dejar por fin el único par de alpargatas gastadas que usas, pero, eso sí, será la garantía de tener comida en la mesa todos los días. Así que dale a tu pregón y no te acobardes, que la familia en parte depende de tu voz grave y recia, de tu encanto para ablandar a la gente al son de tu bramido.

Una vez asentado el Hotel Bolívar, o como le decían, la pensión de Doña Yolanda, en que pensionistas de distinto tipo entrarán y saldrán jubilosos, cansados o diligentes a encargarse de sus tareas de comercio, comienza para ti la esperanza. ¡Sí se puede, no jompa! No nos pongamos necios. Aquí la cosa es trajinando y estudiando y, ¿por qué no? una escapadita al río de vez en cuando. Vamos bregando, compañero, a medida que creces, con el padre de la iglesia que te tiene ojeriza mientras haces de monaguillo, y con Papá Catire, que por ese entonces era dueño del cine Ayacucho que se ubica frente a la plaza Bolívar, y donde haces de portero-gallinero, como te decían tus amigos, pero, tú, frente al jefe corriges, carajo, y hablas de portero de galería. Él te descubre durmiendo en el medio de la película y pácata que ahí vienen el coscorrón y el regaño. Y a desperezarse y a recoger los tiques regados por el piso para meterlos en la caja donde los guardas, y a seguir oyendo los violines trágicos que acompañan el chorro de lágrimas de Libertad Lamarque, hasta que llegue el anhelado cartelito de FIN y puedas irte a tu casa a dormir para continuar la trasiega.

(Ya lo ves, ya no es solo tuya tu memoria. Me adueño de ella. Construyo una ventana desde donde urdo y enredo. Diseño formas con hebras desencajadas, versiones con fino hilo de sombra y de luz. Tejo una espiral que me da soporte y me enceguece. Y todo proviene de una calma, de una certeza de querer conocerte hasta sus últimas consecuencias, con esta voz de escritura temblorosa, con este miedo borroso e inexacto, lleno de alucinación, de destello, de recuerdo, de memoria hacia ti, por ti y desde ti).

También los libros, papá, no te olvides de los libros. Tienes que amarrarlos bien para que no se caigan cuando corras hacia la escuela. Con la correíta de cuero de vaca que te regaló Madrinita en tu cumpleaños, los amarras. En el salón de sexto grado te sientas al lado de Nelly Rodríguez. Agarras el puesto al lado de ella y te enamoras mientras te preguntan la tabla del nueve y te equivocas. Ahora ve a la esquina a entendértelas con los granos de maíz que te hieren las rodillas y piensa en el agua. El agua deslizándose escapándose acariciándote en el río. Consuélate con el recuerdo del agua blanda que te arrulla, y enjuga la lágrima de rabia que cae desde tus pestañas. Síguete enamorando, papá, hasta que le entregues aquella flor y te la rompa en la cara y salgas corriendo a enjugar otra lágrima que se confunde con el recuerdo del río, esa manta que te cobija siempre durante tus penas. Ahora déjate llevar por la corriente del desamor que, aunque no lo creas, se cura, sí se cura. Con las vueltas del molinete que quedó olvidado debajo de tu cama, va sanando esa herida. Lo encontraste medio roto, decolorado y lleno de polvo, una tarde en que el calor te obligaba a hundirte en la hamaca de tu cuarto, y en uno de los vaivenes lo divisaste perdido bajo la cama. Sopla el molinete, papi, que así vendrán los recuerdos míos y tuyos, los de un niño que ríe mientras ve las películas de Cantinflas y Tintán en la oscuridad del cine de Altagracia. Los del niño que, orgulloso e irritado, hacía de monaguillo durante la misa del domingo o vendía empanadas rellenas de picadillo de alcaparras, carne de ganado, ají dulce, pimentón, cebolla y sal. También te vendrán recuerdos anticipados, papá, de una niña morena y regordeta que te hará sonreír con dulzura mientras intenta llevarse comida a la boca.

Aunque, por ahora, apasiónate, papá. Apasiónate todo lo que puedas con las discusiones de la Juventud Comunista. Ingresa en sus filas y reparte volantes, pinta paredes, grita consignas, movilízate, fórmate. Lee a Marx y a Engels. Cree. Búrlate de la policía. Húyeles. Ingéniatelas cuando te agarren. No sueltes ni un nombre, papá. No hables. Resérvate. Calla. Arréglatelas como puedas con el llanto que se mezcla con la sangre. Acude a tu recuerdo. Ahora planifica la huelga de hambre con los camaradas y participa en ella. Restéate. Siente el estómago doblarse, retorcerse, anudarse. Aguanta. Defiéndete de tus flaquezas. Presiónate hasta el último recodo de tu cuerpo y de tu mente, que todo dará resultado. No claudiques.

Ahora regresas a tu casa de Altagracia hecho un silbido. Te recuperas poco a poco gracias a los cuidados de tu mamá. Tu mamá cansada de tanta dificultad, pero firme: demasiado hijo enfermo, regalado, enterrado, resentido y lo heroína que es, lo invencible que resulta. Tendrás que enfrentarte al rencor de Papá Catire, someterte a su escarnio y a su ira. Él es el hombre de la casa. Hay que obedecerlo y tú no lo sigues. Hay que respetarlo y tú lo deshonras. No es tu padre, sin embargo, debes ser sumiso ante su palabra de tío que te acosa. Te le rebelas y no le das el gusto de sacar lágrima entre tanta refriega. Don Humberto, que engendró hijos con mujer marginada e indigna y que tenía su propia casa, pero dormía en la tuya. Vigilante ante cualquier movimiento. Alerta ante el más mínimo ruido que pudiese delatar alguna anomalía, alguna amenaza a la integridad de la hermana abandonada por el marido o algún peligro para esa familia asediada por el rígido equilibrio de un pueblo hecho de portones y aldabas, y que imponía normas a fuerza de chisme, burla y prejuicio. Saca sus frustraciones contigo Don Humberto, se las descobra en tu espalda de pellejo oscuro hasta que te haces grande y ya no puede sino resolverlas de hombre a hombre, pero la renquera y la vejez se lo impiden, la mirada de centella en tus ojos aguarapados lo inmovilizan. Las cosas cambian, papi, las cosas cambian y tu cuerpo se recupera y deja atrás su mustia flacura de encierro y tortura para volverse ágil e indómito.

Una vez restablecido del suplicio de la cárcel persiste en tus ideales y vete a Caracas. Estudia leyes y cásate con Rosita, la compañera de la Juventud Comunista con tantas historias tristes y secretas. Estudia, lucha y arréchate. La vida te la juega, negro, te la pone dura, camarada, pero tú la envistes y la pones en su sitio. Al menos eso crees. Realiza todas las diligencias necesarias. Saca los pasaportes. Acepta el dinero del partido. Viaja a Suiza. Entrevístate con los médicos en tu inglés inexistente. Bésala. Ponla en manos de ellos y espera. Deshaz el soplo en tu mente. Sopla el molinete. Que funcione el corazón, que fluya la sangre por sus venas y arterias, que se riegue todo su cuerpo como el Orituco lo haría en esa tierra caliente y llana, dispersándose en delgadas cintas. Que el agua la riegue y la cubra a ella como una vez te cubrió a ti hasta embriagarte y disolverte en fervor y miedo.

(Y en ese afán, en esa espera, une partes de ti. Procura integrarte y no te conviertas en imagen caleidoscópica, en piezas sueltas. Consérvate completo, sin sufrir fracturas. Deja las anémonas. Permíteme este retrato escrito que intento seas. No te multipliques. Concentra tu imagen plena. Entrégate. Ayúdame en este retrato que quisiera fueras tú hoy más que nunca. No importan el ángulo ni por dónde inicio. Sólo te construyo. Cómo te construyo. Por dónde inicio esa memoria, este dibujo hecho a base de palabras que son como pinceladas rotas, huellas, manchas vacilantes en una acuarela inconexa, trazos sin rumbo, silueta que se enturbia y es que mi memoria falla. Persisto muchas veces y la memoria desespera. Insiste y no te ase porque el agua irrumpe, te dispersa, te rebasa, te hunde. Y, sin presiones, sigo. Ensayo el mejor tono, la mejor técnica. Preciso esa sustancia que tú eres y no revienes en esta búsqueda fatigosa de anhelarte y verte, de reencontrarte en el agua dispersa y sin esclusas del río Orituco).

Entonces escribes: ROSITA MURIÓ HOY. Manda el telegrama, así te parezca una historia contada por otra persona, una obra de teatro en la que tú no encajas, manda el telegrama. Sí, es verdad, es tu papel en esta obra y te encuentras aturdido. No entiendes, pero este es tu rol. Actúa. No tienes más remedio que aceptar el personaje que te asignaron desde quién sabe cuál estúpido y recóndito recoveco del universo. Tienes que actuar. Firmar papeles, ahogar el llanto, recoger maletas. Todo en medio de balbuceos incomprensibles y de miradas heladas. Un frío que te cuartea. Un cielo bañado de grises. Un desamparo sólido y atestado. Toma sus vestidos con delicadeza y sécate el rostro con ellos. De nada vale tenerlos. Lánzalos por la ventana y observa cómo caen suaves, apacibles, mansos. Reprime las glándulas. Debes actuar y te derrumbas. Cierra esclusas, traslada el cajón, contén el cuerpo. Vuelve a Caracas con el ataúd. Desmorónate.

Días después, sal de la ciudad. Piérdete. Intérnate en Barinas. Da clases. Toma, olvida y pertúrbate. Sueña el recuerdo. Anticípate: una niña con pies como chapaletas y ojos achinados. Entonces cásate en el medio de una apuesta festiva e insensata con tu alumna del liceo que tanto te admira y, ya en casa, grúñele cual perro rabioso, asústala, recrimina despiadadamente a esa desconocida que te mira asombrada, sorprendida de tanto disparate y culpa ajena, hasta que te eches a llorar como un niño sobre su regazo. (Ella no sabrá qué hacer al principio, luego, sí. Simplemente espérala que apenas te conoce). Háblale de Rosita y su boca acorazonada y sus cejas bien delineadas y su cintura de aguja. Siembra en ella los celos por la difunta. Construye un fantasma. Resucítala. Vive esa vida de mierda, esa vida de película mexicana, de charro gritón y frágil y abandonado que sin saber has creado. Lo que no sabes, lo que ni siquiera imaginas es que Violeta, tu alumna de secundaria y ahora tu esposa, transmuta, transforma, cambia, hechiza. Sabe de alquimia. De modo que sueña otra vida, compañero. Sal del fondo fangoso en que has caído y sobrevive.

Y justo cuando salías de esa crisálida de muerte que te cercaba, justo cuando recibes la noticia de mi futura llegada y el sol parecía desparramarse sobre ti porque empezabas a querer a esa mujer que te domeña sabiamente, animal furibundo, rebelde, intransigente, comienzan a rastrearte los cuerpos de seguridad del Estado.

Bien sabes que te quiero, que cada uno de mis actos no son más que una ratificación de ello. Que estás definitivamente unida a mí. Que te pienso. Que te extraño. Que me hiere tu ausencia. Que te necesito porque has sido el factor que logró mi recuperación espiritual, porque tú abriste el horizonte, porque me rescataste de la oscura noche en que me hallaba sumergido y me brindaste la diafanidad del día que ninguna adversidad podrá ya opacar. Gracias, mi negra, por haberme brindado todo lo que consideraba perdido.

Hay un expediente en contra de ti en Barinas. Te buscan por guerrillero, papá, por desestabilizador. Eres incorregible y Leoni lo sabe, por eso te andan buscando. Muchacho que no aprende, muchacho muerto. Huye por tierra hasta Colombia -Bien sabes que te quiero- y luego, disimuladito, papá, cronometrado, chaflaneado, como dirías tú, vas enfilando hacia tierra brumosa. Chile primero. Instálate y atibórrate de mate, che. Estudia Administración Social para que te otorguen visa de residente y puedas ganarle la partida a esos tres meses piches de turista. Desiste de que mi madre embarazada de siete meses pueda trasladarse a tu lado: el riesgo es grande, el médico lo explicará –comprendo lo que significa para una mujer encinta estar lejos del esposo, y mucho más en el momento del alumbramiento-. Ingéniatelas para producir dinero: hacerte del oficio de barbero será una de tus posibles opciones. -Aquí hay cursos de tres meses, tiempo durante el cual quedaré capacitado para rasparle el coco a cualquiera. Yo sé que van a gozar un puyero ustedes cuando me imaginen con mi tremenda bata, mi tijera y mi peine en cada mano y la cabeza de un pobre chileno dependiendo de mí-. Lúcete con las tijeras, así sea tan sólo un plan, así todo quede en la ilusión de enchufarte en una de barbero y armarte un otro distinto a ti, imaginarte un ser que no eras y quién sabe cuánto de ti podría tener. Ilusiónate con ello. Requieres construir un porvenir con alguna base, así sea la de los sueños, no importa, estás solo y necesitas creer.

Pero qué va, camarada, el plan se cae. Entierra tu proyecto artístico que, la verdad, no iba contigo. Prueba otro ramo y entrevístate con el dueño de una librería, a ver qué sucede. Dicen que pareces serio y responsable, que podrías ser el administrador de la tienda. El trabajo te gustaría, te entusiasmaría, te daría alegría. Barrería de tus días esa angustia que te agita –maldigo mil veces la soledad que se agudiza más aún en estos crueles días de tan tristes recuerdos, pues fue en esa oportunidad cuando con más saña esa maldita soledad se me metió en el alma-. De pronto, hay que dejar los estudios y virar hacia el este. Rompe a escribir, que la costa te inspira. El Uruguay y su gente, el frío y la soledad, la lejanía y la calima te hacen madurar ideas, crear estrategias, hallar soluciones. Todo para contrarrestar la nostalgia que te produce no estar allí luchando por la revolución perdida y por el día de mi llegada. Cartéate -démonos por su conducto siquiera la satisfacción de las palabras dulces y tiernas que nuestro amor provoca. Celebra el nacimiento de tu hija aquel tres de mayo del 66. Ve al puerto y acuclíllate en la costa como si fueras tu mujer que se abre y se parte para engendrarme. Siente la muerte rozándola y recógele el sudor de la frente que cae en tus manos desde ese acantilado de rocas con piel de hembra. Resiste el ardor en los pliegues, los tobillos palpitándole. Construye el agua desbordándose, la entraña deshaciéndose, la pelvis reventándose. Recíbeme. En la forma en que intuiste saldría de mi madre, recíbeme. Minucia enmohecida de mi vida, chocolatico caliente, casabito requemado. Aguántame del talón para que no resbale. Sostenme, háblame, hazme gemir hasta el llanto que estoy viva y quiero encontrarte en esa voz rotunda y gruesa. Háblanos de la emoción que te cruza. Descríbela brevemente en aquel papel impersonal. Envíanoslo con urgencia, que mamá lo precisa. Sé solemne:


MONTEVIDEO 5 MAYO 1966

LT VIOLETA PEREZ

CALLE 20 EDIF DON RUPERTO APTO 12

MERIDA

 

MADRE E HIJA ESTRECHOLAS EN UN SOLO ABRAZO 

PLUTARCO

 

De pronto surgía el miedo. La invadía la intuición de un mundo completamente distinto a esa ronda mullida. Se aterrorizaba ante la posibilidad de que el universo no fuese más que un corredor, una estación de tránsito, un pasadizo hacia otra esfera más amplia, inmensa, que se perdía de vista. Los sonidos le llegaban filtrados por una montaña submarina, con efecto de rebote retardado que abría el espectro de lo insólito. La sola recepción de esos sonidos la atormentaba. La hacían subsumirse, introyectarse, encerrarse en sí. Lo sombrío se alejaba y sentía una angustia de corrientazos. Entonces comenzaba el repliegue hacia su espacio, donde tenía sus lunas y sus estrellas. Esas que componían su mapa interior, su espacio circunscrito por flores, cruces, osas, cornamentas. El cielo formado por células que titilan. Plancton que levita en la cúpula rosácea del vientre. Fuera de allí está el miedo. La sacudida. La amenaza de expulsión. Vuelve el miedo, la angustia. El deseo de que todo termine y retorne el sosiego. Una calma hecha de espuma. Un instante. Una ráfaga de líquido que entra a sus pulmones. Las tenazas abriéndose, enterrándose, hiriéndola. El deseo de quedarse allí en el pasado húmedo. El agua deslizándose escapándose acariciándola en el río. En ese vaivén que la resguarda. La presión. El dolor –con la tristeza de abandonar el agua tan suave y dulce y tierna en su piel-. Sentirse manipulada, separada, rota. Desfallecer ante la succión ciega, la turbulencia, la no voluntad. Decir adiós a esa sensación de no estar aquí y al mismo tiempo estar presente más que nunca en todo el universo. Y el llanto y el frío la invaden, la sacuden, la sujetan. Y una voz rotunda, gruesa, ultramontana, como de orilla incierta que la recibe en ecos de otra latitud. Bucles dorados flotando por sobre la corriente.                

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