Antes, Eurídice no era mujer de afanes amorosos, de dulzor dulce con los hombres ni azoramientos afectivos. Era más bien pura sequía reconcentrada en frente y sienes y un torpor en medio del pecho.
Muchas veces latigueaba a los hombres y sus inmundicias bajo el atolondramiento del sol del mediodía. No creía en ellos porque había visto a su madre y a su abuela sufrir penurias con sus maridos. Mejor era quedarse sola en aquel campo y no someterse al mismo acoso, comentaba para sí misma bajo una trinitaria sin flores.
Vivía endurecida, como albergando al sol en sus entrañas, dejando que la quemara con ardor de rabia, y ni una poquita de agua que calmara su ceguera. Y es que el verano arreciaba en aquellas tierras, no caía lluvia desde hacía meses y la poza más cercana se iba secando a medida que pasaban días calientes y sin brisa. El maizal, que su madre le había dejado al morir meses atrás, parecía haber muerto con ella.
Eurídice, en el fondo, lo que tenía era miedo, miedo y tiesura, y una violencia asentada en lo más profundo del corazón. No sabía expresarlo. No sabía decir ante su comadre María, que le hacía compañía algunas tardes cuando regresaba de lavar ropa, que de pequeña vio volar los mechones canosos y largos de su abuela arrancados en una pelea por el último hombre que le hizo compañía, y que la abandonó al huir quién sabe a dónde. Ni podía contarle que una vez escuchó un sonido grueso detrás de la cortina del cuarto de su mamá, seguido de un chillido sin aire, como de rata enferma, y al apartar la tela la halló tirada en el piso, con unos dedos apretando el cuello y la mirada vacía y borracha de su padrino sobre ella. Eran historias que habían ocurrido hacía ya tiempo. Aquello había pasado y, sin embargo, el recuerdo le llegaba a veces como una imagen rota que al principio no reconocía del todo, pero se ordenaba gradualmente, y al tiempo que el recuerdo se hacía nítido, sentía deseos de abrir su vientre y sacar sus vísceras al sol, colocarlas una a una sobre las piedras que rodeaban la poza del río y airearlas hasta secarlas y así regresarlas limpias y purificadas a su sitio.
Una tarde, entre el silencio áspero que surge de pronto en las conversaciones, María observó con más curiosidad de la acostumbraba la mirada de Eurídice. La vio, al principio, con la misma expresión dura y reconcentrada de siempre, pero un segundo más tarde notó un aleteo de temor y angustia que se expandía desde su mirada hacia su rostro y llegaba a su cuerpo entero, hasta llenarla de un aura que le impedía movimiento. María comprendió que la soledad de Eurídice y su tono lacerante provenían de una sustancia oscura que la acompañaba día y noche sin dejarla cambiar suerte. Fue cuando la invitó sorpresivamente a ir a lavar con ella a la poza del río.
-Así te distraerás y hablarás con otra gente.
-Guá, María. ¿Y eso pa qué? ¿Te cansaste de lavarme mis tres muditas?
-No, comadre, cómo va a creer. Es que a veces me aburro en el camino, además, su ahijado está creciendo y me pesa, así me hecha una ayudita.
-¡Si esa poza debe está más seca y sucia! Debe sé un lodazal.
-Todavía le queda alguito de agua, pero verdá, está embarrealá. Mejor cuando se vaya el verano. La lluvia llena la poza y así uno canta contento cuando lava.
Eurídice aceptó la invitación porque creyó que María se olvidaría y quizás las lluvias tardarían en llegar ese año. Pero no fue así. Al día siguiente empezaron a caer unas gotas gruesas y consistentes que alegraron la aridez de la tierra y la languidez de los maizales. Había en el ambiente un resplandor húmedo que parecía reírse con las pesadas lágrimas que bajaban del cielo. Eurídice sintió una felicidad callada y se impregnó del olor a humedad recién caída. Iba saciando una sed de adentro con la música del agua y ya se olvidaba de la rabia y el dolor entumecidos.
A los pocos días, se acercó María para invitarla a la poza, y Eurídice, que de pronto notaba un reblandecimiento en el ambiente y ansiaba uno en su propio paisaje, quiso acompañarla. Fue con María por el camino que reverdecía. Iban escuchando los cantos de las lavanderas tempraneras que entonaban versos suaves:
Para lavar necesito
un río con agua clara
y para lavar mis penas
me basta con tu mirada.
Agua que corriendo vas
bañando el campo florido
dame razón de mi ser
mira que se me ha perdido.
Jamás pensó Eurídice que hubiese algo que hiciera apacible su alma en esa población de casas de cal y suelo de arena. Esa mañana, no quería tentar al diablo ni con un pensamiento tímido de alegría, no fuera a ser que terminara retirándose de su vista el verdor que renacía en el campo y daba calma a su amargura. Se le iba deshaciendo instintivamente tanta rigidez y mala cara, e iba poblando sus gestos de una suavidad desconocida nacida al son de los cantos y del contacto con el río.
Fue así como empezó un llanto duro que brotaba a saltos. Lloró en el río cuando introdujo sus manos en él, también mientras escuchó la melodía de las otras mujeres y cuando apareció la lluvia esa mañana. Lloró cuando regresó a su casa con María y cuando estuvo sola en casa y al día siguiente al despertar. Se formó así una penumbra mohosa alrededor de ella que mezcló el agua de sal con las gotas del cielo y las salpicaduras del río, y todas esas gotas y lágrimas y salpicaduras se quedaban prendidas de ella, pues Eurídice se les fue haciendo cálida y sincera y allí se encontraban bien todas ellas reunidas, haciendo un masaje líquido en su cuerpo. Entonces su casa comenzó a inundarse de tanta lágrima triste y limpia. Su corazón se fue limpiando y sus vísceras se purificaron sin necesidad de asolearlas, pues el agua que la inundó lavó todo por donde pasaba.
Fue así como conoció Eurídice a Pablo y, tal vez, si no se hubiese empapado de agua el corazón de ella durante varios días, él no habría encontrado el verdor donde ahora lo acogen, el musguito frondoso que recubre los pezones de Eurídice, el cálido vapor que desde su boca lo envuelve en una urdimbre vegetal.
Ya Eurídice no fue de piedra. Su cuerpo fue ablandándose y creciendo como una esponja en que dolor y rabia se diluyeron en agua.

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